- Generación de Nuevo Conocimiento
- Tesis de Maestría
- Valentina Herrera Herrera
El proceso de investigación se llevó a cabo con un grupo de mujeres afrocolombianas e indígenas víctimas del conflicto armado colombiano, lideresas del municipio de Istmina- Chocó. El objetivo fue comprender las configuraciones identitarias de las mujeres afectadas por el conflicto armado, a partir de sus procesos de agenciamiento sociopolítico. Esta investigación se presenta como Trabajo de Grado para obtener el título de Magíster en Justicia social y Construcción de Paz de la Universidad de Caldas y contó con el apoyo de la beca del Fondo Fundación WWB Colombia, organización que trabaja en el pacífico colombiano para cerrar brechas de desigualdad y promover la participación activa de las mujeres en el desarrollo económico. Asimismo, esta investigación hizo parte del proyecto “Modelo de acción psicosocial comunitario desde la perspectiva de las memorias de las víctimas en Colombia”, financiado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia y el Centro Nacional de Memoria Histórica, el cual fue ejecutado por un grupo de investigadoras de la Universidad de Manizales, la Universidad de Caldas y la Universidad Católica Luis Amigó. Los resultados muestran, en primer lugar, la complejidad de las experiencias de afectación singular de las mujeres en Istmina, Chocó, a raíz del conflicto armado. Las dinámicas bélicas entre los diferentes actores armados han generado una constelación de afectaciones, daños y responsabilidades de diverso orden, convirtiendo al departamento del Chocó, la subregión del San Juan y el municipio de Istmina en territorios profundamente impactados por el conflicto armado. Las consecuencias de dicho conflicto sobre los cuerpos de las mujeres revelan patrones y modos de operar específicos, diferentes a los que enfrentan otros grupos poblacionales victimizados durante la guerra en Colombia. Las mujeres en Istmina, Chocó, fueron afectadas de manera multidimensional dentro del contexto del conflicto armado colombiano. En un entorno rural, campesino, periférico y empobrecido, fueron víctimas desde muy pequeñas, enfrentando la persecución, las amenazas, el acoso sexual, los intentos de reclutamiento forzado, el confinamiento, el desarraigo y múltiples desplazamientos. A esta constelación de afectaciones se suman la desaparición de seres queridos —principalmente hombres— y el asesinato de su pareja o hija en tres de los casos. Las formas de violencia sexual son las más recurrentes y recordadas en los relatos de las mujeres. Las violencias cotidianas, en el hogar, la calle y en sus trabajos, representan otro tipo de afectaciones constantes y vigentes. Además, las heridas históricas heredadas por las mujeres afrodescendientes e indígenas, señalan el continuum de las violencias y revelan cómo las afectaciones también están profundamente enraizadas en un racismo estructural que perdura en el tiempo. Estas heridas, aún abiertas, se remontan al genocidio de la “Conquista”, la evangelización, la esclavización y la colonización de sus pueblos y territorios afro e indígenas, y se recrean en el contexto de la guerra que ellas han vivido. Las mujeres también han experimentado racismo cultural, aversivo e institucional. En cuanto a los procesos de agenciamiento político, los resultados muestran la importancia de avanzar hacia la sanación de las afectaciones. En sus testimonios, las mujeres hablan de sus procesos de recuperación, lo que implicó y cómo lo han logrado. Aunque no se puede señalar con exactitud el inicio de este proceso, todas recuerdan con claridad un punto crucial tras el hecho victimizante: la desculpabilización. Además, encuentran en el perdón una vía para sanar, sentirse más livianas o, al menos, cicatrizar las heridas inscritas en sus cuerpos. La sanación es la palabra elegida por las mujeres para describir el proceso de descentralizar sus vidas del hecho victimizante. El reconocimiento de sus heridas es esencial, pasando por el desahogo, la mitigación del dolor y la elaboración del duelo. Todo esto es posible gracias al fortalecimiento y liberación personal, que les ha permitido verbalizar su dolor, compartir sus experiencias con otras personas, ofrecer sus testimonios a Dios o a lo divino, cantar, leer, escribir y tejer, refugiarse en la naturaleza, y valorar el paso del tiempo en este proceso. Una fuente adicional de fortaleza es la comunicación con sus seres queridos fallecidos. La acción colectiva de las mujeres se manifiesta como una estrategia de agenciamiento sociopolítico, y ha generado la emergencia de una organización que les permite alzar sus voces. Este proceso organizativo ha sido fundamental en la historia de todas ellas. Sin embargo, el acompañamiento entre ellas ha trascendido las fronteras y las posibilidades de la organización, consolidando vínculos de hermandad y comadrazgo que les permiten sostenerse mutuamente y seguir de pie. El agenciamiento sociopolítico de las mujeres afrodescendientes e indígenas también está relacionado con: a) el acceso al conocimiento como forma de despertar; b) la participación e incidencia política para hacerse escuchar; c) la reivindicación de sus derechos territoriales; d) la ampliación de la esfera de aparición, destacando sus liderazgos; e) el afrontamiento de los riesgos emergentes; f) la autonomía y libertad económica para romper los ciclos de violencia; y g) las prácticas de autocuidado. En cuanto a las construcciones identitarias, han estado mediadas por los tránsitos entre las afectaciones y el agenciamiento, lo que les ha permitido poner en perspectiva sus historias y continuar con sus vidas más allá de la adversidad. Echar raíces no ha sido una tarea sencilla ni armónica, y ha resultado incómodo y frustrante; sin embargo, fertilizar la tierra de los lugares a donde han llegado les ha permitido, en repetidas ocasiones, volver a empezar. Los procesos de identificación étnica y racial, los significados de la afrocolombianidad y el vínculo con lo indígena —más allá de las demandas de representación de las mujeres indígenas en su contexto cercano— marcan sus afiliaciones identitarias más significativas. Estas construcciones están relacionadas con tres elementos clave de su experiencia vital: la ancestralidad, la espiritualidad y la familia. La ancestralidad, ligada a la identidad, se refleja en prácticas como la partería tradicional, la cocina, la siembra, la curandería, la brujería y la relación con los ríos. Por otro lado, su espiritualidad es un sincretismo que reconoce sabidurías en la naturaleza y en los espíritus, combinada con creencias religiosas cristianas que ponen la fe en los designios de un Dios omnipotente. Las últimas dimensiones abarcan, por un lado, el “yo familiar” y “yo comunidad”, en referencia a su rol como madres y parte de un hogar; y, por otro lado, la afectividad, que incluye su experiencia en el amor romántico, las vivencias sexoafectivas y la posibilidad de establecer relaciones significativas con los demás.